El vate Joseph Cáceres "da'o'al peca'o" con el embrujo de un atardecer en la Zona Colonial
En el umbral del tiempo
Por Joseph Cáceres
Es un encanto caminar por las calles adoquinadas de la
ciudad colonial, entre renovados andamios, pisando las mismas calzadas
centenarias recorridas por los colonizadores y los piratas del Caribe, de los
que el cine ha hecho tan estupendas sagas.
Tomar un "café espresso" en un ambiente coloquial
italiano, mientras la tarde se diluye en murmullos que se mezclan con el canto
cercano de la noche, y el tiempo muerde levemente las paredes de las casas
coloniales.
El día se esconde entre los recovecos y quicios del cielo,
mientras una luna de plata, muy coqueta y sexi, se entretiene jugando al
escondido entre las nubes trasnochadas y borrachas que venden su vientre, a cambio de un suspiro
del lejano sol.
Un perro ladra quejosamente, talvez presagiando los
fantasmas de la noche que dormitan en los campanarios de los templos
coloniales, allí donde comienza el umbral del miedo.
Es entonces cuando
nos damos cuenta de que tal vez debamos ya cambiar las palabras.
Que ineluctablemente tendremos que abortar en las esquinas,
entre murmullos de calles que se alejan, bajo balaustrados balcones de madera,
y cabellos que se entretejen tristemente, en el silencio polvoriento de una
tarde citadina.
Para terminar mutilando los viejos recuerdos, con sonrisas
de papeles estrujados, evocando aquella tarde de retreta y de brisa fresca, en
que cantábamos "Mambrú se fue a la guerra, ay que dolor, qué dolor, qué
pena".
(Tomado de josephcaceres.net).
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